Cada vez son más las asociaciones y organizaciones, entre ellas la ONU y la UNESCO, que se suman a la preocupación por el diseño adictivo de redes sociales, como tiktok, y plataformas online, como fortnite. A esto se suman los estudios formales que prueban el deterioro cognitivo que sufren los menores al exponerse a pantallas en su desarrollo temprano. Sin embargo, para muchos esto no es una elección, es el “juguete” que reciben en el carro o en el restaurante cuando los familiares quieren que estén entretenidos. ¿Son estas aplicaciones simplemente un peligro o tienen un lado bueno?
De nada sirve demonizar la tecnología, cuando todos la empleamos en nuestro día a día, para consultar las noticias, una receta de cocina o ver la nueva temporada de una serie que nos encanta. La diferencia recae en el uso que damos a estas plataformas y la manera en la que consumimos su contenido: si lo hacemos porque nos gusta, nos aporta algo interesante, o lo hacemos porque estamos “enganchados” y sentimos que “no podemos vivir sin ello”. Con una buena educación digital y configurando el control parental (como os compartimos en publicaciones anteriores), se pueden evitar estas conductas adictivas, pero si ya hemos cruzado ese umbral y revisamos las redes sociales más que hablamos con las personas a nuestro alrededor, hay que identificar las trampas en las que hemos caído. Aunque nada nos asegura poder salir de ellas sin apoyo profesional, es un primer paso que puede ayudar a liberarnos de las cadenas que estas empresas nos han impuesto.

Cuando introduzco este tema con mis alumnos me gusta empezar con una pregunta muy simple ¿por qué las redes sociales son gratuitas? Porque los usuarios no somos el cliente, somos el producto del que extraer datos que luego se venden a otras empresas: nuestros intereses, nuestras preocupaciones… Toda esta información moldea la industria del consumo gracias al tiempo y las interacciones que realizamos en estas plataformas, porque las redes sociales no son las únicas con acceso gratuito (Roblox, Fornite).
Básicamente, las plataformas digitales necesitan asegurar que sus usuarios pasan el máximo tiempo posible en ellas y la competencia es tan extrema que todo truco de programación vale. Las redes sociales analizan nuestros patrones para ofrecernos recomendaciones personalizadas, para mostrarnos el contenido que nos gusta y llevarnos hacia otros usuarios afines. Y os preguntaréis ¿qué tiene esto de malo? Yo quiero ver aquello que me gusta, pero qué sucede cuando solo escuchamos, leemos o vemos lo que queremos: dejamos de escuchar otras opiniones. Esto es especialmente peligroso entre los adolescentes, que madurativamente sienten la necesidad de pertenecer a un grupo y en las redes sociales encuentran sus propias cámaras de eco, para lo bueno y para lo malo. Pueden encontrar grupos que les ayuden a mejorar en su afición favorita con la misma facilidad que grupos que promueven la anorexia, la prostitución, el suicidio o discursos de odio. Y el algoritmo no va a dejar de recomendarles contenido de este tipo hasta que se cansen, momento en el que continuará con mensajes similares más extremos. Incluso sin buscarlo, entre los anuncios o recomendaciones de algunas plataformas, los menores se encuentran con contenido sensible y lo que empieza como una curiosidad inocente por saber más, se acaba convirtiendo en parte de su patrón conductual digital.
La insensibilización y radicalización es un efecto colateral del modelo de negocio de las plataformas, pero no ha sido hasta que se han mediatizado los casos de muertes promovidas por estas herramientas que la sociedad ha empezado a ser consciente de los riesgos que entrañan. ¿Podemos escapar del algoritmo? Alberto nos contará a nivel digital cómo podemos hacerlo. Yo solo os dejo una reflexión personal ¿dónde está vuestro yo analógico? Si esa persona no tiene aficiones que no requieran de una pantalla, es el momento de salir a la calle, rebuscar en los cajones y recuperar esos pasatiempos en el mundo real. El diálogo, el pensamiento crítico y el respeto se aprenden en sociedad: en casa, en el colegio, en la calle. Las plataformas digitales, al igual que los dispositivos electrónicos, son una herramienta más de las muchas que tenemos para construir nuestra persona y nuestro futuro. No nos encerremos en el postre que más nos gusta, cuando no es el alimento que nos mantiene vivos y sanos.
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